domingo, 8 de mayo de 2011

¡NO AFLOJAR!



El arte de vivir está encerrado en dos palabras sencillas:
NO AFLOJAR.

Frente a los tres enemigos del hombre, el miedo, el amor y el hambre (alma, corazón y estómago) esas dos palabras tienen su más profunda trascendencia.

Cuando el destino y la suerte se confabulan contra uno, cuando hasta el mismo Dios parece que se ceba en uno, hay que sacar del último rincón del morral humano, la dura sencillez de esas dos palabras, las únicas que faltaron en el milagroso Credo de Cristo:
NO AFLOJAR.

Con este lema hasta la muerte lo respeta a uno. El consejo lo aprendí en el libro de todos: La Calle.

José Marín Cañas, Autor costarricense

martes, 3 de mayo de 2011

Odio el positivismo


Odio el positivismo y la gente que juega de demasiado buena y amistosa.
Nada es ASI de simple.

No se puede solo “amar”, ni dar sin medida, ni sonreirle a todo el mundo todo el tiempo.
Los conocidos nos pueden caer bien o caer mal. Punto. Por supuesto que no hay nada de malo en demostrar nuestro agrado. Pero ¿y el desagrado?

El desagrado tambien desea ser mostrado con orgullo.

Ando emocional. Ocupo Alcohol y chicles de nicotina. Seguro...

sábado, 19 de junio de 2010

La imagen digna del día


Uno de estos días me reuní con una de mis mejores amiga con la que no me encuentro muy seguido, así que como estábamos conscientes de que no nos veríamos muy pronto, nuestra despedida ameritaba una foto, que a como dijo ella, fuera “digna de subir al Facebook“ (aun sigo sin entender ese concepto. ¿Se referirá a una foto sexy que provoque muchos “likes“ por parte de la camada masculina?). Como no había nadie cerca para que tomara la foto, nos juntamos lo más que pudimos y tomé la foto a puro pulso y sin avisarle; no había pasado mas de 1 minuto cuando ya habíamos tomado alrededor de 10 fotos (todas iguales a mi parecer) en las que, según mi amiga, salíamos mal (¿poco sexis?) .

Como ya estaba cansada de sonreír como foto de currículum para aparecer en anuncios Colgate, entre bromas le dije que ya por naturaleza y gracia divina éramos así y por mas fotos que siguiéramos tomando no mucho iba a cambiar.

Poco después del minuto 3 de nuestra sesión poco exitosa de fotos mi amiga quedo medio satisfecha con una de las 31 fotos iguales, así que finalmente nos despedimos, con la promesa de que apenas llegara a mi casa subiría “la“ foto y la etiquetaría (cosa que hasta el día de hoy no he hecho).
Cuando iba en el bus camino a mi casa, iba con la cámara en mano viendo todas las fotos iguales que tomamos, tratando de ver detenidamente la diferencia entre las 30 y la 1 que fue seleccionada por mi amiga como la imagen digna del día pero sigo sin ver la diferencia entre una y otra.

La única conclusión que tuve fue que la primer imagen fue la mejor, porque es en la única en la que salimos natural, improvisada y sin que se notara el esfuerzo en los gestos faciales. Es ahí cuando pensé, en un viejo cuento que fue un gran tema de discusión en mi niñez. ¿Será que de verdad las cámaras le roban el alma a las personas?

Cuando era pequeña, no más de 8 años de edad, y me encontraba en esa etapa de cuestionamientos y curiosidades, siempre acorralando a mis padres con los típicos ¿porqué?, vino a mi mente esa gran pregunta, tal vez la mas fascinante que pude formular en esos días, luego de ver un programa sobre mitos urbanos o algo así.
Digo fascinante porque ningún adulto pudo contestarme, y por ende, la curiosidad crecía.

Como toda buena investigadora, ya que la fuente principal de información no tenía la respuesta, seguí mi búsqueda hacia la siguiente gran fuente de confianza: mis compañeros de la escuela. Fue ahí donde encontré datos valiosos de información, uno de mis compañeros me dijo que no solo le robaban el alma a uno sino que también le echaban a uno una maldición y cada fotografía que nos tomaran, nos quitaba un año de vida.

Cuando compartí tan valiosos argumentos con mis padres, mi papá entre toda su genialidad, me dijo que si eso fuera cierto, el hace mucho le hubiera tomado una foto a su jefe. En fin, a partir de ese momento, mi perspectiva hacia las fotografías tuvo un cambio de 180 grados.
Después de ese momento siempre que iba a fiestas de cumpleaños, fotos grupales, etc.. me escondía de tan malicioso instrumento. Fueron dos largos años donde batallé contra la cámara, hasta que un día, en el recreo, una maestra de la escuela me dijo que eso no era cierto (de tantas vueltas de 180 grados no sé como he sobrevivido). Mencionó algo de una ideología cultural de no se donde.

Aunque mi opinión acerca de las cámaras cambiaron radicalmente hace ya muchos años, la idea aveces me vuelve a la mente, como sucedió con esa anécdota con mi amiga. ¿Porqué de 31 fotos iguales, solo una era “digna“? ¿Porque la primer foto no fue la elegida?.
En algunas culturas, aun hoy en día, sigue la creencia de que las cámaras roban el alma de las personas, y aunque en mi país eso no se dice, y los que lo dicen son tachados de locos, ¿cuántos no han perdido su verdadera imagen frente a una cámara (llámese fotográfica o de grabación)?
Tantas imágenes de sonrisas falsas y argumentos con doble discurso, todo por miedo de esa primer foto, la verdadera. ¿Será que con cada nueva imagen que se toma, muchas partículas de verdad se esfuman en el aire, hasta que se llegue a la imagen “digna“? ¿la que a todos les va a gustar cuando la publiquemos o saquemos al aire?.